Nada

El siguiente relato quedó finalista en la I Edición del Certamen GKC de Relato Breve convocado por Ediciones Monóculo y La Iberia.

Los relatos presentados a este certamen tenían que cumplir la siguiente premisa: debían comenzar con las dos primeras líneas (aproximadamente) del libro que el participante eligiese (de cualquier autor). A partir de ellas se debería escribir un texto de ficción que no tenía por qué guardar relación con la trama del libro elegido.

En mi caso elegí las primeras líneas del ensayo El orden del tiempo, de Carlo Rovelli.

Espero que os guste.


Nada

Me detengo y no hago nada. No sucede nada. No pienso nada. Escucho el discurrir del tiempo. Hay quienes piensan en semejante entretenimiento como una especie de locura, un empeño por mantenerme ocupado en una actividad absurda e irrelevante, pero es mi locura.

Mamá ya advirtió esta peculiar tendencia de su pequeño cuando apenas alcanzaba con mis manos el alféizar de la ventana a la calle, una de esas ventanas típicas de las casas antiguas, que parecían asomarse al exterior, a modo de avanzadilla tímida en representación del resto del hogar. Fachadas de boca grande y ojos con ojeras.

Según me contó en más de una ocasión yo me sentaba en la acera, las piernas lechosas salpicadas de moratones extendidas y la espalda apoyada en la pared mientras, poco a poco, consentía a mi mirada perderse en un limbo inocuo, un lugar indescifrable para ella del que volvía largo rato después, como si hubiese acabado de sentarme. La inquietaba.

Por supuesto, yo no recuerdo esos momentos de ausencia. Mamá insistía en que nunca había dejado de tenerlos. O de tenerme ellos a mí. Un poco mayor, sentado sobre el poste de la portería del colegio, arriesgándome a ser golpeado por un balón extraviado mientras contemplaba el infinito. Adolescente, en plena algarabía de las fiestas del pueblo, rodeado por una ruidosa y danzante multitud, completamente inmóvil, mirando a ningún lado y a todos a la vez; algunos me llamaban aburrido, pero yo los ignoraba.

Nunca he sabido en qué momento fui consciente de estos abandonos. Sucedió sin más. Cuando quise darme cuenta ya era conocedor de un historial de extravíos que, si bien al principio me abrumaron, pues los sentía como robos permanentes y periódicos a mi vida, pequeñas escisiones realizadas en estados de sedación, nunca llegaron a preocuparme. Siempre he tenido la seguridad de poseer un férreo control sobre mí mismo y mis acciones, de modo que llegué a convencerme de la inevitabilidad de estos episodios. Si efectivamente llegaban momentos de desaparición, por el hecho de brotar de mí carecía de la necesidad de intranquilizarme por ellos.

Sin embargo, esta sensación ha cambiado. Es difícil explicarlo con las palabras adecuadas, pues en realidad desconozco qué me está sucediendo, pero intentaré ser lo más fiel posible a esta extraña experiencia.

Hace apenas unos días volví a ser reclutado por la nada. Como siempre, ahí estaba yo, inmóvil, tan sólo contemplando el vacío. En cierto momento, a diferencia del resto de ocasiones, algo llamó mi atención pero no provenía de la realidad, sino de esa nada que todo lo ocupaba. Dudo si llamarlo destello o estruendo —tal es mi incapacidad para definirlo de manera rigurosa—; lo cierto es que llamó mi atención y me sacó del letargo en el que me encontraba. Pero sorprendentemente no volví a mi mundo, sino que de repente me vi —¡Sí, sí! ¡Me vi a mí mismo!— flotando en un espacio infinito, inabarcable. Parecía levitar sin más, pero con los pies anclados firmemente a alguna plataforma invisible. Tuve miedo.

Pasados los primeros momentos de desconcierto, aquello que me arrancó de mi extravío volvió a sorprenderme, solo que en esta ocasión permaneció en un lugar refulgiendo —o sonando— de modo constante. Fue el instinto quien me hizo ir hacia allí, pues algo dentro de mí me decía que no debía temer a lo desconocido. Así, sin más, salté. Y así, sin más, llegué a mi destino.

No podía creer lo que veía ante mis ojos. Era yo, contemplando a Mamá mientras ella observaba cómo yo la contemplaba de nuevo, y así una y otra vez. Sentí náuseas. Pensé que me mareaba, pero la ausencia de cualquier referencia espacial impedía aquella sensación. Abrí los ojos y allí seguía ese eterno bucle, como un inquietante dibujo de Escher, condenado a no acabar nunca. Supe que había cortocircuitado. No había marcha atrás. Estaba condenado a ser un perpetuo observador observado y, aún así, me conformé. Sin embargo, algo me atormentaba: ¿Y Mamá? ¿También ella debía penar en el tiempo? ¿Cómo era posible que algo que sólo me afectaba a mí tuviese semejante consecuencia en ella? No era justo.

Desde entonces, no hago más que pensar en lo mismo. Mientras, contemplo a Mamá, ahí, mirándome.

Somos posibilidad decantada. Una opción entre muchas. Tal vez no la mejor, pero sí la nuestra, a la que pertenecemos, y lamentarse o fantasear por contingencias plausibles pero no reales representa una absurda predisposición a no morar en plenitud la vida que se nos ha dado, la realidad que habitamos, esa opción que es nuestro mundo.
Podrá haber otros universos, pero nos son inalcanzables. Nuestras historias se entrelazan con muchas otras y juntas avanzan a lo largo de una línea que ha ido eligiendo por dónde discurrir, qué caminos tomar, y esos otros caminos abandonados atrás quedaron. De nada sirve volver la mirada si no es para sentir vértigo y vacío. Nada.

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