Este breve texto —o, al menos, eso pretendo— no es más que una válvula de escape ante ciertos acontecimientos que están ocurriendo en los últimos días o, mejor dicho, ante las reacciones de algunas personas —bastantes— a esos acontecimientos, y la desazón que me provocan, desazón convertida ya en hartura.
No espero que muchos de quienes me lean vayan a estar de acuerdo conmigo —tampoco me importa— pero sí tengo la esperanza de que estas palabras surtan el efecto de generar un poco de reflexión.
Vamos al lío.
Cambio climático y el largo plazo
Aquí nadie viene a negar el cambio climático ni los efectos de éste sobre la estabilidad del planeta. Pero sí vengo a poner en duda las intenciones tras el interés de convertirlo en cruzada global incuestionable.
No voy a entrar en si combustibles fósiles sí o no, si energías renovables sí o no, si energía nuclear sí o no. Eso hay que dejárselo a los expertos. Insisto, a los expertos, no a los enteradillos advenedizos que proclaman aquí sí y allí también eslóganes catastrofistas y amenazantes. A esos no solo conviene ignorarlos, sino también anularlos (en la discusión pública, claro). Es precisamente el político de turno (y lo pongo en singular por una cuestión de estilo, porque ya sabemos que son muchos) reconvertido en adalid de una misión cuasi divina quién será objeto de mi crítica.
Nosotros, como sociedad que había conseguido unos niveles de vida bastante aceptables y unas comodidades inimaginables hace apenas un siglo, hemos permitido que estos personajes perversos hayan desviado la atención desde lo que realmente importa, vivir bien (y eso implica cuestiones de economía tanto doméstica como supranacional), hacia un tema con el que, poco a poco, están consiguiendo amedrentarnos y cambiar nuestro marco mental para pensar que, precisamente, la solución consiste en vivir peor. Que el decrecimiento sea la supuesta solución a muchos de nuestros males actuales, ¿no debería hacernos pensar? Si empezamos a decrecer, ¿qué ocurrirá con la riqueza actual? ¿Desaparecerá como si nada? ¿O habrá un comité de expertos que decidirá quién se la queda hasta nueva orden? (Modo irónico ON).
Yo, por supuesto, no tengo la solución, pero sí tengo claro dos cosas: la primera, que dicha solución suponga obligar a la gente a vivir peor es inmoral —incluso antinatura, anti progreso y contra historia—; y la segunda, que ésta no será algo inmediato, sino que requerirá del largo plazo, más que nada porque el cambio climático no es un hecho puntual que tenga lugar en un momento concreto o relativamente corto, sino todo lo contrario: algo que va desplegando sus efectos a lo largo de muchísimos años y que para revertirlos también se necesitará de muchos años. Y aquí es donde llegamos a la cuestión que quiero plantear.
¿Dónde están los políticos preocupados por el largo plazo? ¿Conocéis alguno? No tenemos más que echar una ojeada al panorama político actual para ver de qué manera el cortoplacismo es la regla por la que rigen sus carreras todos estos personajes de los que hablo. Nada importa más allá de los cuatro años de legislatura. Nada importa si no tiene un rédito electoral. Nada conviene si su realización puede suponer la pérdida de votos en la siguiente contienda. Porque esto es lo que tenemos: contendientes, no políticos (Nota: para mí, la palabra político debería llevar aparejada un atributo de responsabilidad del que carece hoy día).
De aquí que me genere desconfianza el hecho de que una cuestión tan largoplacista como el cambio climático pueda haberse convertido en esa suerte de cruzada global adoptada por políticos de todos los partidos y cristalizada en todo un corpus dogmático que no consiente ningún tipo de escrutinio y mucho menos de disidencia.
Por eso cada día estoy más convencido que todo lo relacionado con el cambio climático no es más que un nuevo ardid organizado por una clase política deshumanizada en complicidad con las más altas esferas económicas del mundo, cuyo único objetivo es enriquecerse más ellos a cambio de ir apretándonos el cinturón cada vez más a los de abajo.
Y para terminar este punto, una cifra: 260 millones de euros.
Transfuguismo
Ya que hablamos de políticos, aprovecharé para hablar del segundo punto que quiero tratar en este artículo: el transfuguismo.
Las últimas elecciones generales en España han dejado un panorama en el que ningún partido tiene el número de diputados suficientes para gobernar en solitario. Esto supone tener que recurrir al apoyo de otros partidos para conseguir el número de votos necesarios para sacar adelante la investidura de un candidato. Y nos encontramos con dos casos: por un lado, el PP, que no ha sido capaz de crear alianzas con otros partidos —o no las suficientes— hasta el punto de que la investidura de Feijóo se hace harto improbable que vaya a salir adelante; y por otro lado, el PSOE de Pedro Sánchez, que habiendo perdido las elecciones se sabe capaz de atraer a quien sea con tal de sacar con éxito la investidura de su candidato, a cambio de lo que sea —que es lo mismo que decir con todas las consecuencias.
Ante esta situación, desde el PP han salido voces, incluida la del propio Feijóo, que aboga por la conciencia de algunos diputados del PSOE para que rompan la disciplina de partido y cambien su voto, de modo que Feijóo pueda salir investido presidente. Y es aquí donde muchos se llevan las manos a la cabeza: ¡Transfuguismo! ¡Todos los socialistas vamos a una! ¡Lo que está pidiendo el señor Moreno Bonilla es una falta de respeto al PSOE y a sus votantes!
Y yo pregunto: ¿Por qué? ¿Qué problema hay en que un diputado vote lo contrario de lo que dicta su partido? Es más, ¿por qué demonios existe una disciplina de partido? Los diputados del congreso deben su escaño a las personas que lo votaron en su circunscripción, no a su partido. Por supuesto que es la organización de cada partido quien elige a quienes conformarán las listas electorales, pero es a sus votantes a quienes se deben, y si se dan situaciones en las que la línea oficial del partido dista de lo que un diputado piensa en conciencia, ¿por qué este no puede disentir y votar lo que considere más adecuado?
Creo que nos hacemos un flaco favor como sociedad si pensamos que está bien que el congreso esté secuestrado por los partidos políticos, que es lo que de hecho ocurre y permitimos.
Una vez más, la pureza
El humorista Ángel Martín se ha visto envuelto en una polémica por decir que está harto del enfrentamiento actual entre hombres y mujeres. De repente, muchos de quienes veían su informativo de dos minutos todas las mañanas y lo consideraban uno de los más grandes del humor de nuestro país han comenzado a denostarlo y, por supuesto, a iniciar ese proceso inquisitorial que tan apetecible les resulta realizar de vez en cuando.
Y es que parece haberse convertido en costumbre eso de cancelar a tu hasta ahora camarada por la más mínima discrepancia. ¡Por Dios! Camarada y discrepancia en una misma frase. ¿Acaso hemos vuelto a pasados tiempos totalitarios?
En serio, esto es preocupante. Hace ya tiempo, hablando sobre libros, dije que antes existía una censura que se ejecutaba de manera vertical, de arriba a abajo, mientras que ahora esa censura es horizontal, pues la propia sociedad es la que censura lo que se debe o no leer. Pues bien, la censura infecta cada vez más capas de nuestra vida, gangrenando todo lo que toca, asfixiando las relaciones y extirpándoles algo tan fundamental como la confianza.
Saber que te puede caer la mundial por expresar una opinión hace que nos callemos, que prefiramos batirnos en retirada y observemos desde la barrera cómo aquello que consideramos injusto triunfe sin ningún tipo de oposición.
Pero quienes censuran/cancelan/fulminan a otros no están libres de pecado. No se dan cuenta que el día de mañana pueden ser ellos quienes sufran las consecuencias de su propia locura, pues algo —cualquier cosa, aunque sea la más nimia— que ellos consideran lógico y dentro de toda normalidad puede ser objeto de condena por parte de los suyos. Y por algo tan obvio que causa perplejidad que no lleguen a comprender hasta que lo sufren: que en cuestiones de pensamiento y conciencia, la pureza no existe.
¡Abajo el capitalismo!
Justo un poco antes de comenzar a escribir este texto me llegaron dos vídeos de un joven que han causado una reacción considerable en redes. En el primero de ellos —o, al menos, el primero que yo vi— el joven habla sobre su día a día y explica cómo se organiza para poder atender los dos trabajos que tiene, poniendo en evidencia una situación familiar preocupante en la que él parece cargar con gran parte de la responsabilidad para sacar a su familia adelante. En el segundo vídeo —o, al menos, el segundo que yo vi—, este mismo chico se dirige a otros jóvenes a quienes la vida les ha sonreído y le ha permitido disfrutar de una serie de comodidades y oportunidades que él no ha tenido y los anima a que elijan bien el camino que deben seguir, a que se dejen de chorradas y a que presten atención a lo realmente importante.
La visualización de estos dos vídeos te deja con una doble sensación: una mala, porque empatizas con el joven y sientes que no es justo que alguien con tantas ganas de salir adelante se encuentre con tantos obstáculos; y otra buena, porque te alegras por su actitud ante la vida y aplaudes su carisma. Ojalá Dios le permita progresar y que su vida cambie a mejor en muy poco tiempo. Lo merece.
Dicho esto, como reacción a estos vídeos he leído a mucha gente echar pestes contra el capitalismo que ha condenado a este chico a tener que trabajar como un mulo en dos trabajos para poder vivir. Por supuesto que el sistema tiene fallos, muchos muy graves, pero es absurdo pensar que es fuera del capitalismo donde el joven pudiera tener oportunidades. No, no seamos ignorantes a conciencia. Y, lo que es peor, no seamos hipócritas escribiendo esas denuncias a boca abierta desde nuestros iPhone de última generación, mientras nos tomamos un café latte macchiato en Starbucks después de haber comprado una decena de libros para hacer postureo en Instagram y que luego cojan polvo en nuestras estanterías.
Ya está bien.
Qué hartura.