Una breve reflexión sobre la necesidad de hacer lo correcto en todo momento y la utilidad de trasladar esa idea a las nuevas generaciones.
El otro día, la maestra de mi hijo mayor nos envió a los padres los últimos exámenes que los niños habían hecho en clase para que los revisáramos y pudiésemos ver la evolución que iban teniendo en varias asignaturas. Así, podíamos ver qué materias tenían asimiladas y en qué puntos flaqueaban. La idea era que al día siguiente todos los niños le devolviesen los exámenes firmados por sus padres.
Resulta que en uno de ellos la maestra le había puesto a mi hijo un diez. Sin embargo, al revisarlo me di cuenta de que había cometido dos errores. Se lo comenté a mi hijo y le dije que teníamos que decírselo a la seño. Como respuesta lógica por su edad, me dijo que no le dijera nada y así podría quedarse con la nota máxima. Le contesté que no, que había que decírselo, y le expliqué que su seño había enviado esos exámenes para que los padres los revisáramos y si yo ahora le devolvía los exámenes firmados sin más, por un lado estaría faltando a la confianza depositada en nosotros y, por otro, en el caso de que la seño supiese de esos fallos o se diese cuenta a posteriori, creería que yo no habría revisado los exámenes o que me habría callado los errores.
—Sí, papá, pero ¿por qué tenemos que decírselo? —dijo una vez más.
—Porque es lo correcto —le contesté.
Mi hijo lo comprendió al instante y no volvió a intentar persuadirme.
Vivimos en una época en que es difícil hacer ver a los más pequeños que en la vida hay que actuar de la manera correcta o, al menos, intentarlo en la medida de lo posible.
Estamos rodeados por todos lados de casos que no son más que contraejemplos para ellos: influencers que venden su vida por dinero pero que cuando alguien traspasa una línea que consideran sagrada —y que no han sabido delimitar con anterioridad— se indignan y denuncian supuestos acosos; un mundo del deporte en el que la lealtad a los colores se ha visto fagocitada por la adoración al dinero; periodistas y contertulios de sobremesa que en vez de ofrecer opiniones vomitan soflamas ideológicas indefendibles; y así un largo etcétera.
Pero, sin duda, el caso más flagrante es el de la política y, más concretamente, el de la política española.
Estamos asistiendo atónitos —bueno, no todos— a una situación en la que, por aferrarse al poder, el líder de uno de los grandes partidos nacionales y actual Presidente del Gobierno de España, pone en jaque a toda la nación. Pero lo preocupante no es esto. Conociendo el personaje, su ambición y su artes, todo lo que está ocurriendo entraba dentro de lo esperado. Lo que realmente preocupa es el apoyo incondicional de toda una masa de ciudadanos —obvio a los compañeros y compañeras de partido— absolutamente cegados por el mensaje «Que no gobierne la derecha».
Parece mentira que en pleno año 2023 todavía haya quien se plantee que todo esto se dirime en un tira y afloja entre izquierda y derecha. Son muchos siglos de historia, muchos años de humanidad, como para haber entendido ya que todo se reduce a una lucha entre lo que está bien y lo que está mal, entre la verdad y lo falso.
Y a lo anterior se suma la ingenuidad de muchos. Existe un progresismo actual que cree que todo se reduce a ondear banderas multicolores, a la vez que no se dan cuenta de que, absolutamente dirigidos por ciertas élites, defienden un modelo de convivencia claramente monocromo, un futuro excesivamente negro. No aceptan a quienes ven el mundo con una lente distinta a la suya. No aceptan a quienes no comulgan con su modo de interpretar el mundo, por eso los atacan constantemente situándolos en su discurso en posiciones contrarias —fascistas, anti-demócratas, nazis, dictadores— a la madre de todos los mantras, el cuál han hecho suyo y del cuál se autoproclaman los únicos valedores y defensores: la democracia.
Y precisamente ahora estamos llegando a un momento en el que esos a quienes defienden ciegos de fiebre ideológica pretenden dinamitar esa democracia que piensan que protegen.
Escuchaba el otro día al profesor Higinio Marín decir que «el progresismo contemporáneo lo que aspira es a constituirse en un sentido común planetario». Lo que no entiende ese progresismo es que el sentido común se basa en lo que es correcto, en lo que es verdad. Y la verdad es una. Y es que, al final, por mucho que muchos no lo quieran ver, todo se reduce a lo mismo: lo que está bien y lo que está mal. Y esta amnistía y el modo en que se está produciendo no están bien.
Por supuesto que tenemos un sistema parlamentario y que si alguien consigue los apoyos necesarios puede llegar a gobernar aun no habiendo ganado las elecciones. Pero todos, insisto, TODOS, deberíamos tener claro que no todo vale, que no todo puede valer. Y que quien se extralimite debe sufrir las consecuencias y asumir su responsabilidad.
Me preocupa que mis hijos crezcan en un país cada vez más pobre en buenos ejemplos o, mejor dicho, más abundante en malos ejemplos. Es complicado hacer verles los beneficios de la bondad, el buen criterio y el largo plazo (¡cuánto debería hablárseles a los jóvenes sobre el pensamiento catedral!) frente a las prebendas de actuar interesadamente, el éxito sin sacrificio y la consecución de todo logro a cualquier precio, teniendo el panorama que tenemos.
Mientras pasa todo esto, sufrimos las consecuencias y lamentamos el no haber actuado antes con más contundencia, nos toca seguir abogando por y defendiendo lo que está bien, lo que es correcto.
En esas estamos.